domingo, 13 de abril de 2008 | |

El camino

El Círculo de Bellas Artes acaba de editar Madrid 1993, un audiolibro que recoge la primera (y única) lectura de Allen Ginsberg en España. El librito, editado con un cariño y un mimo que nos hace creer (en The Pata Negra estamos convencidos) en la existencia de editores que defienden la hermosura interior y exterior de los libros, contiene la transcripción de dicho recital, incluyendo los comentarios (casi todos en español) de Ginsberg, y la traducción (excelente) al castellano de los poemas recitados, incluido el mítico Howl. Huelga decir que, ante semejante despliegue, los lectores y lectoras amantes del jabugo literario estarán, ya, preparando el pan con tomate y el vaso de vino para deleitarse con esta exquisitez tal y como su altura tocinera merece.

Madrid 1993 contiene la intervención de Ginsberg y, además, otros dos textos: un epílogo de Gary Snyder sobre la muerte del poeta, y otro de José María Parreño, gestor cultural del Círculo que se encargó, junto a Nacho Fernández, de traer a Ginsberg a recitar a España. Paradójicamente, el más interesante es el de Parreño (un poeta excelente, y hoy por hoy no tan conocido como debiera), porque no sólo nos habla de los entresijos de la visita de Ginsberg a España, con anécdotas personales, sino que también nos acerca a la obra del poeta beat, y contextualiza su lectura.

De la introducción de José María Parreño, entresaco este texto que me ha parecido, por qué no decirlo, muy The Pata Negra:

Acostumbrados a que los poetas de la edad de, por ejemplo, Gil de Biedma, se sentaran tras una mesa y un vaso de agua y nos regalaran con sus versos, cuando Ginsberg llegó al escenario vacío con un armonio y unos palitos el público rugió de desconcierto. Pero era de prever. Porque precisamente su poética concedía a lamúsica y al ritmo, a la oralidad en suma, un papel predominante. Sus maestros, desde ese Aullido germinal que leyó por vez primera en la Galería Six de San Francisco en 1955, habían sido en ese aspecto Walt Whitman y William Carlos Williams. Del primero adoptó el verso amplio como un salmo, pero modelado conforme a su propio aliento. El segundo le animó a atreverse a utilizar un lenguaje poético coloquial, vivo y espontáneo. El otro ingrediente de sus versos fue el éxtasis y el arrebato visionario, que asimiló de William Blake. El mismo término beat alude al ritmo entrecortado del jazz, un fenómeno que los poetas de aquellos años apreciaban sobremanera. En el San Francisco de mediados de los años cincuenta, ciudad a la que llegó Ginsberg en busca de un ambiente propicio para albergar su heterodoxa personalidad, poetas como Ferlinghetti o Patchen leían sus poemas en público acompañados por músicos de jazz. Y el primero de ellos componía lo que denominaba «Mensajes Orales Espontáneos», registros de la dicción del habla coloquial concebidos para ser escuchados. Todos ellos trataban, en definitiva, de arrancar al poema del reducto convencional de lo «literario» y del anquilosamiento de la palabra escrita. Se trataba de insuflar más vida al poema, de abrirlo al lenguaje común y de convertir cada una de sus emisiones en una experiencia.

Yo no sé qué os parecerá a vosotros, pero a mí me ha recordado a más de una experiencia sevillana y cordobesa, a más de una conversación, a más de un manifiesto... Aun encontrándonos a años luz de sus resultados, quiere decir que nuestras intenciones no son tan nuevas ni tan equivocadas.

Madrid 1993 cuesta 20 euros. Un poco caro, sí, pero hasta el jamón de pata negra duele en el bolsillo, pero reconforta en el estómago. Las traducciones son excelentes, la edición de calidad... Y viene acompañada por un cd que ilustra el texto de Parreño, pone voz (y aplausos) a la intervención de Ginsberg, nos da auténticas lecciones. Reproduce, tal cual, la lectura de Ginsberg: sus poemas, las versiones musicadas de Blake... Escuchar a Ginsberg cantando The Tyger es... No tiene precio.

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